Javier, que Dios te bendiga
Quizá haya sido comprobar cómo un gobierno socialista pierde el traserillo para socorrer a los bancos o que un partido conservador se dé grandes golpes de pecho para defender a los trabajadores el detonante de que me haya ratificado en algo que vengo rumiando desde hace algún tiempo: que la política es cada vez más uniforme y uniformizante y que la oportunidad para suscitar debate y controversia social e idelológica la tienen los medios en las noticias de 'Sociedad' y, en particular, en todo lo tocante a los avances de la ciencia. Ejemplo diáfano me parece la natividad de Javier, el bebé que algunos medios han bautizado con el término cosificante "bebé medicamento".

Así como la retórica política cada vez se nos aparece más trillada, los adelantos vertiginosos que nos procura la ciencia nos hacen ir con el pie cambiado en cuanto a los postulados éticos. Y esa capacidad percutora y turbadora de la ciencia aplicada a la actividad social (la clonación, las células madre y la eutanasia serían otros ejemplos que me vienen a la cabeza) también nos obliga a tomar una postura editorial al respecto.
No creo que sea necesario comentar demasiado el sesgo idelogógico que denotan dos titulares de prensa de la semana pasada:
LA RAZÓN
Los obispos condenan la técnica del 'bebé de diseño'
EL PAÍS
Nace en España el primer niño de un embrión elegido para salvar una vida
Como he sido bautizado, me veo con ánimo suficiente para refutar al Rouco Varela, cruzado de la carcundia más recalcitrante. Y diré que Javier no es una cosa, no es un medicamento. Es un ser humano. Será querido por sus padres. Seguro que querrá y será querido por su hermano. Sin duda tendrá un carácter distinto de su hermano. Y será un niño que habrá tenido el don de ser en sí mismo un acto de generosidad divina, puesto que será el salvador de su hermano Andrés sin ni siquiera tener conciencia de serlo. Quizá sea esta capacidad redentora que le ha procurado la ciencia la que hace recelar tanto a los que le llaman "bebé medicamento". Malditos sean los que le comparan con una aspirina.
Francisco Durán Velasco

