Como periodista, me congratulo de que a Ryanair le haya salido el tiro por la culata con el asunto de la campaña publicitaria que se quería marcar a costa de que los medios de comunicación picáramos el anzuelo de la protesta contra Iberia.
Me alegra pensar que el poder incontenible de los hechos haya propiciado que las portadas de los periódicos del pasado martes, 6 de septiembre, no le hicieran el caldo gordo a la operación publicitaria de gorra diseñada por los estrategas de la compañía de bajo coste; y sí se hicieran eco, en cambio, de una noticia con todos los predicamentos: el cabreo de los que cumplieron su parte del contrato, acudir al lugar de la cita con una pancarta criticando a Iberia, pero se quedaron sin los billetes gratis prometidos por Ryanair. La información es un material sensible, un bien social, y no debería utilizarse de forma tan artera.
Ahora bien, como no quiero ser corporativista, diré que los medios de comunicación cometieron un pecado de origen: acudir a la convocatoria de Ryanair aplicando el principio a mi entender erróneo de que cualquier cosa llamativa o insólita es noticia. En esta ocasión, el aguacil, Ryanair, acabó alguacilado, pero no siempre será así. Y convendría evitar que una estrategia publicitaria de uan empresa se nos cuele de rondón como una información estriucta por el simple hecho de concentrar a unas decenas o cientos de personas en un lugar público. Si Ryanair quiere poner a parir Iberia, que pague una página de publicidad, un spot televisivo, un banner en Internet o una cuña radiofónica. Tampoco estaría de más que le echaran un vistazo a la legislación española en materia de publicidad comparativa.
Francisco Durán Velasco

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