La cosa esa del periodismo digital
Me he apuntado a un cursillo de periodismo digital, que acaba mañana, y, aunque quiera sugestionarme y convencerme de que todo lo relativo al término "digital" puede servir para revitalizar el periodismo, en tanto que nos abre nuevos e inexplorados espacios de comunicación en libertad, lo cierto es que la impresión que he extraído hasta ahora no deja de causarme cierto escalofrío. En cuanto a las formas y en cuanto al fondo.
Quizá porque el curso no se refiere propiamente a la redacción periodística para medios de comunicación en Internet -que en ello se basaba mi expectativa- sino más bien a los textos que aparecen en la Red, y, más en concreto, a la comunicación coroporativa o directamente comercial, me siento un tanto desubicado, si bien todo lo que se dice me parece ameno, interesante, abrumador y, por ende, aterrador para un ser como yo, que todavía concibe los textos como una unidad que requiere de cohesión interna y no de fragmentación y dispersión.
Se me han quedado grabadas -a sangre y fuego, me apresuro a precisar- varias expresiones que creo tienen que ver de la cruz a la fecha con el oficio periodístico:
Por ejemplo, se nos ha hecho mucho (pero mucho, mucho) hincapié en que la redacción secuencial (para mí, la que se corresponde con el orden y, por tanto, con la lógica y la comprensión) está periclitada porque en Internet se estila lo que se ma ha ocurrido llamar redacción orbital, porque, según insisten los ponentes, el internauta puede acudir a nuestro texto en cualquier punto del mismo, no necesariamente siguiendo el esquema de empezar por el principio. Por tanto, deduzco, los párrafos, que no debieran acumular más de una idea si se escribe para Internet, los párrafos han de presentarse cual electrones girando en torno a una órbita.
Al hilo de esto, me ha llegado al alma otro patrón de los textos en Internet, según el cual, los conectores han muerto, son perfecto anatema.Por lo que conozco de Internet, el rasgo común de los textos no es la depuración sino que sería la simpleza. Se trata de hacer que el usuario, el internauta, no tenga que pensar, que se lo pongamos fácil. En lo que al periodismo se refiere, esta tendencia galopante me va a hurtar de algo que considero esencial en este oficio: el estilo, la firma. Porque creo que el periodismo no es sólo información sino también un punto de vista, una visión del mundo, y ello sólo se transmite con matices, con retórica, y se ma hace difícil concebir todo eso si me dejo guiar por el soniquete de las frases cortas, de las palabras llanas y todo lo que le cuelga.
Y de ser por la redacción digital, jamás podría disfrutar del placer de leer a alguno de mis columnistas favoritos, alguno de los cuales, como Gabriel Albiac, se caracterizan por una sintaxis complejamente particular, y por una estructura, como en el caso de Carlos Boyero, que te obliga a leer el artículo de cabo a rabo, porque empieza hablando de una cosa para saltar a otra y acabar fundiéndolo todo en un tercer argumento. Es más que probable que sus textos no sean muy propicios para Internet, pero pienso que si me escamotea su marchamo, su sello, su estilo de escritura, mi vida se empobrecerá. Y pienso resistirme.
Para acabar de cavar mi propia fosa como periodista digital, añadiré que tampoco comulgo del todo con la idea de que al público hay que ponérselo lo más fácil posible y que, por encima de todo, no hay que cansarle. Claro que la prensa ha de tratar de hacer ininteligibles asuntos que por su propia naturaleza son endiabladamente complejos y debe esforzarse por ser comprensible o accesible, como se prefiera. En este sentido, repudio el argumento recurrente de "esto, lo explicas como si lo tuviera que entender tu abuela". De der así, el único verbo que emplearíamos para dar entrada a una declaración o "corte de voz", en mi medio, la radio, sería "decir", lo cual reduce significativamente el campo de los matices. Del mismo modo, si tuviéramos que explicar el lío de hace 60 años en Oriente Próximo podríamos concluir que los unos son unos genocidas y los otros unos terroristas, y ¡hala, a correr! Al hilo de esto me permito recordar que entre las funciones de los medios, además de informar, también figuran la de entretener y la de formar, y por qué va a ser malo emplear términos que puedan mover al público a aprender algo, una palabra, un contexto histórico, un antecedente de algo. Es decir, el contrato entre la Prensa y la Sociedad tiene cláusulas para ambos y al público también le corresponde hacer un pequeño esfuerzo para tratar de entender asuntos que son poliédricos y, en consecuencia, dificultosos, pero ese es también un reto intelectual que le corresponde al público. Me viene a la memoria en este instante un cuento de Manuel Rivas ideal para saber qué significa "espiritrompa", palabra que un niño de un pueblo gallego de la España del comienzo de la Guerra Civil aprende gracias a la insistencia de su profesor. El cuento se titula "La lengua de las mariposas" y está contenido en el libro "¿Qué me quieres, amor?", que en la portada trae el cuadro de la lechera de Veermer (fácilmente encontrable, de verdad que no hace falta un link).

Soy un acérrimo enemigo del estilo telegráfico, por más antiperiodístico que pueda parecer. Por mi experiencia como tutor de becarios, lo de las "frase corta, punto; frase corta, punto", que se repite tan machaconamente en las facultades, enmascara una gran vagancia mental, porque bajo esa premisa se tiende a redactar de forma desordenada, deslabazada y caótica, escribiendo una frase en el momento en que se te ocurre, sin preocuparte de que unas tengan que ver con otras o con una misda idea. No hablo a humo de pajas, lo he comprobado a menudo.
Otro asunto que me parece alarmante es que el 95% de las búsuqedas por Internet en España se efectúen mediante Google, lo cual concede a esta compañía no ya una situación de posición dominante sino de aplastante monopolio. Y de la alarma paso al escalofrío cuando compruebo que, según se estila, hay que perder el traserillo colocando palabras clave que un robot buscará en nuestras páginas siguiendo los parámetros de un algoritmo, a partir del cual se establecerá una clasificación, que, a su vez, determinará unas tarifas publicitarias. Si ya me parece preocupante que un robot y un algoritmo determinen si mis textos son adecuados, todavía me sulfuro más cuando recuerdo que en un artículo que escribí hace tiempo (aquí debería ir un link en hipervínculo, creo) sobre Bill Gates, ese prohombre que facilita al gobierno chino las identidades de los titualres de ciberbitácoras en las que se publican informaciones que el Gobierno considera inadecuadas y que dan con los huesos de más de un periodista en la cárcel.
Así que, a falta de dos sesiones, una de las conclusiones que extraigo de este curso es que, por más que tenga abiertas cuatro ciberbitácoras, soy víctima de la famosa brecha digital. Había pensado declararme extramuros, pero si tengo en cuenta que me gustan las frases subordinadas porque como me dijeron una vez y me recordaron recientemente "matizan el pensamiento y enriquecen la expresión", estoy meditando seriamente emprender la senda del exilio. Soy un caso perdido.
Francisco Durán Velasco
P.D. Poco antes de echar el cierre a este post, recuerdo simultáneamente otra premisa de Internet, la de evitar los gazapos, y un sucedido con el ponente de ayer, y resuelvo darme una oportunidad antes de declararme analfabeto digital. El ponente de ayer habló de que en un momento determinado de su vida profesional decidió dar un giro de 360º, y yo también he decidido quedarme al menos como estoy en lo concerniente al hecho digital. Supongo que yo le necesito a él, pero quizá él también me necesite a mí.


Neus dijo
Francisc,
lo canta Serrat: "Nunca es triste la verdad: lo que no tiene es remedio". Nos vemos luego.
21 Julio 2006 | 09:18 AM