Aunque tengo una opinión al respecto de si el presidente del Gobierno debiera haberle dado algo más de solemnidad al anuncio de que iba a dar comienzo la negociación con la banda terrorista ETA que la que confiere una comparecencia en alguna dependencia del Congreso, lo más relevante -e indignante- del asunto en lo referente a nuestro oficio me parece que es la negativa de Rodríguez Zapatero a que se le formulasen preguntas. Es ésta una fea costumbre que cada vez parece tener más adeptos. Creo que la primera vez que tomé conciencia de semejante impostura fue cuando el Congreso rechazó el denominado Plan Ibarretexe y el lehendakari convocó a los medios de comunicación para leer una declaración y hacer mutis por el foro dejando a todos los periodistas allí congregados con un palmo de narices y cabe suponer que con las libretas casi en blanco.

Casualidad o no, el caso es que para un asunto tan escabroso y tan tabú como el de la negociación entre Gobierno y terroristas, José Luis Rodríguez Zapatero escogió la misma fórmula que Ibarretxe: declaración sin preguntas, lo cual nos sitúa de lleno en el terreno de la propaganda y nos aleja del periodismo, porque sencillamente convertimos los medios de comunicación de altavoces de los mensajes -interesados, por naturaleza- de una u otra fuerza política. Para eso no hace falta desplazar periodistas, bastarían los compañeros técnicos que captaran y tramsitieran el sonido y la imagen. No hablo de información, porque para ello se requiere un mínimo proceso intelectual de intepretación, contraste de pareceres e, incluso, refutación, que el formato dichoso de las declaraciones sin preguntas nos impide llevar a cabo. Tal proceder no es únicamente denigrante para el periodismo como ejercicio mínimanente intelectual, sino que, y esto es lo sustantivo, supone la demolición de la quizá principal función democrática del periodismo: fiscalizar la acción de los gobernantes y evitar así la arbitrariedad. Pero para ello debe haber ocasión de hacer preguntas, a veces más cómodas, a veces más agresivas, pero preguntas indagatorias, al fin y al cabo.

Mi reproche no va dirigido contra los políticos que tratan de imponer e imponen estas condiciones, llámense Ibarretxe, Rodríguez Zapatero o Maragall, aunque bien es cierto que Maragall, en su discurso de renuncia, al menos, admitió unas pocas preguntas; mi reproche se dirige contra los propietarios de los grandes medios de comunicación y contra las asociaciones de la prensa y colegios profesionales que consienten complacidos el desafuero de que un gobernante impida que se le dirijan preguntas, no vaya a ser que alguien le ponga en un aprieto. Como esto se extienda estaremos dando una enorme baza censora al poder político basada, además, en un chantaje intolerable, puesto que si no acudes a la rueda de prensa, no obtienes el testimonio y, si no obtienes el testimonio no puedes informar...

¡No, no y mil veces no! La próxima vez que algún dirigente político plantee lo de la declaración sin preguntas me gustaría ver una huelga de cámaras, micros y bolígrafos caídos, porque ahora lo hemos vivido con cuestiones relativas al terrorismo, pero quién nos dice que mañana no habrá un alcalde que presente un proyecto urbanístico y lo haga con la inocente condición de que no se le hagan preguntas de ninguna clase. Y no me refiero a Marbella, que allí quien pregunta ya es un juez, no un periodistillo de medio pelo.

Francisco Durán Velasco