Ayer, según leí en Abc, se cumplió un año de la muerte de Jaime Campmany, histórico articulista de Abc, fundador de la revista Época y virtuoso de la lengua. Este recordatorio me suscitó varios pensamientos relativos al oficio periodístico.
Por un lado, me parece gratificante que los medios de comunicación tengan estos detalles con figuras como la de Jaime Campmany en Abc y Eduardo Haro Tecglen en El País que se han convertido, después de tantos artículos, en santo y seña de sus cabeceras periodísticas. Homenajes como el que ayer le rendía ABC a su columnista de referencia durante tantos años resultan emocionantes incluso para los que no somos lectores habituales de este diario. Resulta reconfortante pensar que las empresas periodísticas son capaces de reconocer que uno de sus empleados o colaboradores entregó lo mejor de sí mismo en tantas columnas. El Abc nos presentaba ayer a Jaime Campmany como el máximo exponente de la columna periodística vista como género literario del máximo rango. Y desde mi punto de vista tengo que decir que en el caso de don Jaime, como supongo le debían llamar cuando se pasara por la redacción de Abc, tal equiparación no es exagerada. Además, este diario le cedía a su hija, creo, una de sus míticas "Terceras", y ésta escribía un vibrante y emotivo artículo de tributo.
Si ya tiene mérito mantener el vigor de una columna -la derecha de las páginas de Opinión de Abc- durante tantas décadas, en el caso de Campamny hay que sumar un talento literario digno de mención. Otro antiguo columnista de Abc, Víctor Márquez Reviriego, explicaba a menudo que Alfoso Guerra le dijo una vez algo así como que Jaime Campmany (azote de Guerra, González y lo que conocimos como el felipismo) era un hijo de mala madre, pero que ¡qué bien escribía el condenao! Valga la anécdota para no tener que extendernos más acerca del talento literario y el dominio de la lengua (en particular, de los insultos, todo un arte si se practica bien) de Jaime Campmany.
Al hilo de esto, no me puedo abstraer de las acusaciones de facha que siempre se le lanzaron a Campmany desde la izquierda, del mismo modo que a Haro Tecglen siempre se le calificó de estalinista desde la derecha. Me planteo, por tanto, el eterno asunto de si se puede y se debe diferenciar la obra del autor. Y me contesto que el "deber ser" aconseja hacerlo así, porque, de lo contrario, es casi inevitable caer en el sectarismo más extremo y tribal, y porque tengo para mí que es un rasgo elemental de las sociedades mínimamente desarrolladas saber distinguir entre los valores estéticos y los postulados políticos. Y, además, en el caso de los periodistas y los escritores hay que tener en cuenta que, en principio, no nos presentamos a las elecciones.
Francisco Durán Velasco

No se debe separar en el caso de un articulista de opinión o de un columnista. Lo subjetivo, la opinión, es de la persona, no de la profesión... Lo discutible es que sea correcto calificar de "facha" a alguien porque se declare de derechas y escriba en ABC.
La Loca