Estoy acabando de leer "Libra", un largo reportaje en forma de novela de Don de Lillo acerca del asesinato de Jonh Fitzgerald Kennedy a manos de Lee Harvey Oswald, y me he topado con una frase que, por su concisión, creo se debería mencionar en las facultades de periodismo en relación con la supuesta neutralidad y objetividad de la información. La frase reza así:
Todo dato es inocente hasta que le interesa a alguien, momento en que se convierte en información
Si tuviera manera de establecer contacto con mi profesor de Derecho a la Información, muy dado a los aforismos y las frases ocurrentes relativas a nuestro oficio, le remitiría de inmediato, porque estimo que no se puede decir más en menos palabras y con tanta carga de profundidad, sobre todo en lo que respecta a ese mito de la objetividad y la neutralidad, inisito. El verano pasado, en un curso de la Universidad Pompeu Fabra, un ambientador musical (el término es literal, aunque desconozco si figura como categoría laboral) de Catalunya Ràdio puso mucho y soliviantado énfasis al relatar la típica escena en la que un redactor de Informativos se acerca a la discoteca a pedir una música "neutra" para ilustrar un reportaje, y nos dijo que la música nunca es neutra, que siempre tiene una función o una intención.
Y lo mismo pienso de la información estricta o pura y dura, como se prefiera. Trabajo en Radio Hospitalet (Barcelona), un medio que, por su carácter público, no se presta a practicar en demasía el periodismo intepretativo u opinativo, aunque estamos sujetos a cortapisas y control político, por supuesto. En lo que a mí concierne, desde hace años trato de ser meramente descriptivo y de acercarme a esa neutralidad administrativa casi quimérica. Y lo hago así siguiendo una especie de resistencia pasiva, es decir, ni hago sangre de las iniciativas de la oposición, por más criticables que me puedan parecer en ocasiones; ni hago grandes panfletos propagandísticos de la ejecutoria del gobierno local. Siempre he sostenido que esto me convierte en un periodista capado, infrautilizado, porque entre nuestras capacidades intelectuales figura la de intepretar e, incluso, opinar de forma documentada y argumentada, pero como no las tengo todas conmigo en cuanto a que me pudiera explayar de igual manera tratándose del concejal de la oposición que del alcalde, he adoptado esta política, que, reconozco, es una forma de aquietar mi conciencia.
El caso es que el leer esa frase del libro De Lillo me vino inmediatamente a la memoria el titular de apertura de El Periódico de Cataluña, del 26 de mayo, que se refería a la decisión de la Junta Electoral de enmendarle la plana (estos términos serían bastante valorativos) al gobierno de la Generalitat en relación con la campaña sobre el referéndum del Estatuto. Lo recuerdo porque pensé que un supuesto titular meramente explicativo no lo era en absoluto atendiendo al verbo escogido, lo cual me reafirmó en que es legítimo y conveniente que sobre todo la prensa escrita tenga una posición editorial, opinativa, con respecto a los asuntos que trata, siempre y cuando no nos traten de vender la moto (coloquialismo valorativo) de la objetividad y la ponderación. El titular era éste:
La Junta Electoral altera los spots del referéndum
Aunque en el antetítulo el verbo empleado era "corrige" a nadie se le escapa que el verbo alterar tiene una connotación peyorativa, conspirativa, y que los responsables de la portada de El Periódico no lo escogieron por casualidad. En el diccionario de la RAE se dice de alterar: Cambiar la esencia o forma de una cosa. Perturbar, trastornar, inquietar. Estropear, dañar, descomponer. Dicho a la brava, a El Periódico le pareció que la Junta Electoral le quería hacer la puñeta al presidente de la Generalitat, Pasqual Maragall, y con tal propósito resolvió adulterar -¿por qué no?- el proceso con una decisión que suponía ¿retocar? algunos anuncios televisivos que entendió como demasiados explícitos a favor del "sí".
Aunque no he visto los anuncios (tal es mi hastío con respecto al Estatuto) no me parece mal que se oblige a enmendar tales espacios si se determina que son, insisto, demasiado explícitos, pero me parece un exceso de celo de la Junta Electoral central impedir que la Generalitat pueda hacer un llamamiento al voto, simplemente al voto. Hay países en que acudir a votar es una obligación. No es el caso de España. Pero pienso que la Administración como ente de razón sí puede y debe fomentar que la ciudadanía participe en los procesos democráticos, puesto que es la implicación de la ciudadanía la que da legitimidad a las instituciones representativas.
Volviendo al núcleo de este artículo, ni que decir tiene que la noche del 18-J volveremos a comprobar cómo los datos asépticos, neutros, fríos, objetivos, tienen una vigencia de apenas segundos, porque, como afirma De Lillo, enseguida pasan a ser información, o sea, materia para el debate, la opinión y, según los más recelosos, para la manipulación.
Francisco Durán Velasco

Qué gran frase la de DeLillo, Dioor mío