No dudo de que un violín de la marca Stradivarius, del modelo Cremonensi y del año 1715 sea un objeto de extraordinario valor, pero, ¿tiene más valor que siquiera un ápice del valor de la dignidada arrebata a no sé cuántas mujeres rumanas que han sido obligadas a a prostituirse en España? A juzgar por el tratamiento que se ha dado a esta noticia en casi todos los medios, me inclinaría a pensar que sí. Valga un botón de muestra, extraido de El País del domingo 16 de mayo: La policía decomisa un Stradivarius a una red de proxenetas que dirigía un recluso.
No se me escapa que lo del stradivarius es llamativo y, por tanto, tiene su interés, pero pienso que la extorsión y el sometimiento de que son víctimas esas mujeres rumanas y el hecho de que un recluso pueda actuar con tanta impunidad son hechos con entidad suficiente como para que todos nosotros, como gremio (me incluyo, aunque no me tocara redactar esa noticia en Radio Hospitalet, se esacapa de nuestro ámbito), hubiéramos hecho prevalecer lo relevante sin caer en la trampa de destacar lo simplemente llamativo. Se dice que la vida de un hombre no vale una guerra, lo que ocurre es que los grandes conceptos llenan la boca mucho más y dan mucho más lustre intelectual que unas cuantas putas rumanas.
Es posible que, en aplicación de otro tópico indeseable del periodismo, si las hubieran encontrado muertas o severamente apaleadas la cosa hubiera sido distinta. Pero claro este párrafo de El País o casi seguro de cualquier otro periódico o de cualquier reportaje de cualquier cadena de radio y TV: "La red había comprado a decenas de chicas en su país por entre 800 y 1.000 euros. Habitualmente las traían a España como tursitas y las alojaban en casa de una mujer de confianza de la red, que las sometía a vigilancia. Las mujeres eran obligadas a prostituirse, durante 10 horas diarias, en calles, autovías o polígonos industriales controlados por la banda. Si algún otro proxeneta quería que una de sus prostitutas trabajase en esa zona, debía pagar unos 300 euros semanales, en concepto de alquier de la plaza" no se podía comparar al drama que supone que un Stradivarius no haya sido custodiado en las condiciones de humedad y temperatura que requiere un objeto tan excelso.
Quiero buscar una explicación a semejante desvarío y sólo la encuentro en que ya somos inmunes al fenómeno de la explotación de las prostitutas sórdidas, y estaría casi dispuesto a aceptar que, por común y socialmente aceptado, ha dejado de ser noticia. Pero para todo hay límites, y el contraste con el dichoso stradivarius establece una tan clara como infame frontera.
Francisco Durán Velasco

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