En contraposición a los casos de racismo y xeneofobia y de discrinación por motivos de religión y género, me interesa de forma moderadamente indignada el tratamiento que damos en los medios de comunicación a los agravios que se producen por razón de enfermedad o deficiencia física. En un mundo perfecto o tan sólo diferente es posible que en cuestiones relativas a la integridad no hubiera rangos ni gradaciones, pero parece indiscutible que no hay nadie absolutamente íntegro. De hecho, la integridad en estado puro, creo, haría imposible la convivencia, puesto que nos convertiría a todos en seres intransigentes, incapaces de entender las circunstancias atenuantes del comportamiento de nuestros vecinos. Ese es el motivo de que hable de moderada indignación al referirme a un artículo sobre un aspirante a mosso d'esquadra que ha sido rechazado por su condición de diabético, aparecido el 4 de febrero, en El Periódico de Cataluña.

Vaya por delante que también soy diabético y no puedo por menos que simpatizar con Sergi Vernet, pero también quiero hacer constar que el hecho periodístico es que en el departamento de Interior de la Generalitat se emplean métodos discriminatorios en la selección del personal. Ese el aspecto que como prensa fiscalizadora del poder político resulta relevante. La discriminación, la arbitrariedad en sí. Por ello hablaba de la, digamos, íntegra integridad, porque lo esencial debiera ser que la Administración discrimina a algunos ciuddanos, a veces por mujeres, a veces por judíos o musulmanes, a veces por diabéticos, y así hasta el infinito. Sin embargo, cuando se trata de alguna enfermedad o deficiencia física o sensorial nunca se trata como un asunto político, que lo es, sino que se relega a las páginas de Sociedad y, además, se le da al artículo un simpático tono costumbrista que rebaja sensiblemente la calidad de la denuncia. Así le sucedió a Sergi Vernet, vecino de Tarragona, de 25 años, educador social, excelente deportista, aspirante a policía autonómico y también diabético. Su artículo apareció en la sección de Sociedad y no sólo eso, sino que, además, inserto en las páginas de "Cosas de la vida". Como decía, el mensaje subliminal es que esto son extravagancias, curiosidades simpáticas, pero no una vulneración de derechos fundamentales, que siempre suena más solemne y, por tanto, más político, reitero.

No me mueve la empatía. Entiendo que si en las pruebas de selección se percibe que un aspirante a mosso d'esquadra presenta trastornos mentales graves convendría extremar la prudencia y no proporcionarle ni siquiera una porra, mucho menos un arma de fuego. Pero no es el caso de la diabetes. La situación en la que se encuentra Sergi Vernet es una muestra de sinrazón y de cerrazón desesperantes. Hoy por hoy, los diabéticos podemos llevar una vida absolutamente normal. El tratamiento médico y nutricional y los artilugios para la inyección -intramuscular, nunca intravenosa- han avanzado tanto que gozamos de una total autonomía. En el caso de Sergi, intuyo que el control de su diabetes debe ser excelente, porque, entre otras cosas, el deporte es un factor esencial para los diabéticos y el mozo (ojalá también mosso) ha participado en 4 maratones y ¡35! medias maratones.

En el artículo del 4 de febrero en El Periódico de Cataluña leo que Sergi debiera acudir este mismo sábado a la primera de las pruebas de selección. Apuesto a que no habrá manifestantes y es posible que el jefe de sección del diario no se acuerde de él. Y si nada lo remedia, Sergi verá vulnerado su derecho a concurrir en igualdad condiciones a la convocatoria de un cargo o empleo público. Lo único que le diferenciaría de sus futuros compañeros sería que, además del boli para rellenar las multas y escribir los partes, llevaría otro boli con el que inyectarse la insulina. Es la única diferencia. Es un hecho asumido que la discriminación es la primera forma del racismo. Hete aquí un caso, no sólo una curiosidad.

Francisco Durán Velasco