En "Margaritas caprichosas", una ciberbitácora también de La Coctelera, he leído hoy un apunte que me remitía a un confidencial en el que aparecía, a su vez, un artículo sobre el asunto político más candente de los últimos días: el lío que se ha organizado por las declaraciones del teniente general Mena. Todo ello me vine al pelo para referirme a un nuevo género periodístico en auge gracias a Internet: los malhadados confidenciales. En esta información del confidencial PR Noticias se reproducía íntegramente una carta que un grupo de militares le habría rigido recientemente al Rey haciéndole partícipe del malestar de una fracción del Ejército ante el riesgo de que el posible nuevo estatuto de autonomía de Cataluña pudiera quebrar la unidad nacional. No pongo en duda la autenticidad de la carta publicada, pero tiendo a recelar de las informaciones periodísticas que no están firmadas por nadie.

A modo de testimonio, tengo que decir que el asunto de firmar -con nuestra verdadera identidad, obviamente- los artículos fue objeto de alguna que otra deliberación entre los dos promotores de esta ciberbitácora. No es que quisiéramos pasar por los periodistas más pulcros del mundo, pero, considerados los aspectos más conflictivos del asunto -como las consecuencias que se pudieran derivar de la publicación de artículos críticos con nuestras propias empresas-, resolvimos que lo más honrado intelectualmente con nosotros mismos y con nuestros posibles lectores era firmar los artículos, hacernos responsables de nuestras informaciones y opiniones. Cosa distinta son las ciberbitácoras emocionales, en las que encuentro lícito que se adopten identidades ficticias, pero en el caso de la información y la opinión tal recaudo no resulta admisible. La información se firma y se defiende a capa y espada. El chismorreo se propala.

Como se puede inferir, el ámbito de los confidenciales me parece, tal como está configurado hoy, me parece bastante reprobable, puesto que, al margen de la ética de cada uno, considerados en abstracto, pueden devenir en una plataforma para difundir todo tipo de maledicencias y rumores infundados sin que nadie tenga que responder por ello. Hay quien riza el rizo, porque estoy harto de escuchar en tertulias políticas radiofónicas cómo algunos periodistas comentan que en su confidencial han publicado no sé qué cosa. Y entonces es cuando me preguntó qué sentido tiene publicar confidencialmente si luego lo vas a ir cantando en la radio. Sinceramente, no lo entiendo.

Otra vertiente que me concierne de esta cuestión de los confidenciales de Internet es que puede que me haya quedado anticuado y no haya sabido evolucionar, porque hasta hoy tenía la noción de que una de las máximas cotas de satisfacción de un periodista era poder tener firma, singularizar tus artículos, pero ya veo que haber integrado la última promoción de periodismo del plan viejo, el de los cinco años, tiene su coste. No obstante, creo que si hemos de atenernos a la irritante práctica de los confidenciales, diría que la raza empeora.

Francisco Durán Velasco