Miss Graham los tenía bien puestos

No puedo evitar sentir una emoción íntima al verlos en una fotografía en el Babelia (suplemento cultural del diario El País) del sábado 3 de diciembre. Salvo por que uno de ellos bien podría ser uno de esos judíos nuevayorkeses de las películas de Woody Allen y por el maletín de color marrón claro del otro (qué tendrán los dignatarios y las celebridades contra los sobrios y elegantes maletines negros), no hay nada de particular que me llame la atención. Pero, ¡caray!, son dos mitos vivientes del periodismo: Bob Woodward y Carl Bernstein, los protagonistas del episodio periodístico más trascendental de la historia, el caso Watergate, el escándalo de espionaje político que -aunque dos años más tarde de la publicación de los primeros datos- le costó el cargo al presidente de la república de los Estados Unidos, Richard Nixon.
Aparece su foto ilustrando un artículo de Soledad Gallego-Díaz en el que ésta reseña un libro de Woodward sobre Mark Felt, el alto cargo del FBI que hace poco más de un año -creo- reveló ser el celebérrimo Garganta Profunda.
Siento una íntima emoción porque me admira el tributo de lealtad que estos dos periodistas han rendido a toda la profesión y a sí mismos durante más de 30 años. A los periodistas porque han mantenido inquebrantable el principio de no desvelar jamás las fuentes de información, particularmente cuando su cometido es fiscalizar al poder político; y a sí mismos porque, aunque es posible que su relación no sea tan estrecha ahora como entonces, han hecho prevalecer la lealtad por encima del ventajismo y el oportunismo.
En este artículo, magnífico, Soledad Gallego-Díaz es concluyente: "La lectura de los dos libros (el ya mencionado de Woodward y el que escribieron a dos manos él y Bernstein, "Todos los hombres del presidente") sirve para aprender dos lecciones: la primera es que las fuentes anónimas son la única manera de acceder a verdades que no se pueden conocer de otro modo, porque perjudican a los gobiernos o a organismos poderosos, y que estas fuentes nunca hablarán si no están seguras de la confidencialidad de su relación con el periodista. (...) Lo que importa es que aquella información se publicó, que era cierta de arriba abajo y que el secreto de la identidad de Garganta Profunda se mantuvo todos estos años hasta convertirse en un monumento a la fiabilidad periodística, la demostración incuestionable de que los periodistas eran capaces de mantener el secreto profesional por encima de todo, de presiones y de amenazas e, incluso, de sobornos y vanidades".
Creo que el periodismo de investigación está un tanto mitificado, deificado, incluso. El caso Watergate es un ejemplo prístino de que el periodismo de investigación acostumbra a partir siempre del chivatazo de un despechado (Mark Felt aspiraba a dirigir el FBI y se quedó con un palmo de narices), no tanto de la sagacidad del periodista. Ahora bien, que nadie deduzca que le quito mérito, antes al contrario. El periodismo de investigación empieza justo entonces, justo después de recibir la filtración. En ese momento empieza la ardua y, a veces temeraria, tarea de recopilar y comprobar datos y encajar después el puzzle.

En lo referente al Watergate, a mí siempre ma he depertado mucho más interés la figura y la función de la editora del periódico, Katharine Graham, quien les dio confianza, medios, tiempo y sobre todo, por encima de todo, protección y amparo. Creo que fue ella la figura esencial del Watergate, puesto que, lejos de arredrarse, espoleó a sus periodistas y no dudó jamás en publicartoda información nueva, veraz y relevante que sus periodistas iban desgranando. Y agradezco, por tanto, que también Soledad Gallego-Díaz lo resalte: Gargante profunda fue decisivo para desvelar el Watergate, pero la información tampoco hubiera sido posible sin otras decenas de fuentes, confidenciales o no, y sin un grupo de personas agresivamente comprometidas con un modo de hacer periodismo. (...) Todo, si creemos que Katharine Graham, propietaria de TWP (The Washington Post), no fue también informada. Hubieta tenido mérito porque Graham se negó a que los dos reporteros entregaran sus notas a un juez e incluso llegó a ofrecerse para guardar ella misma las notas e ir a la cárcel en su lugar". Sí, señor, la señora Graham los tenía bien puestos.
Francisco Durán Velasco
"El hombre secreto", Bob Woodward. Ed. Inédita. Barcelona, 2005
P.D. Para atestiguar mi particular interés por la señora Graham, explicaré una anécdota: con motivo del 30 aniversario de un periodista amigo le regalé, con la esperanza de que me lo prestara más tarde, el libro de memorias de la editora del Washington Post. Confío en que en pocos días podréis disfrutar de unas líneas suyas.


Ana dijo
Todos quisimos ser un día Woodward o Bernstein, pero a veces me da por pensar que lo suyo no fue más que un caso de increíble buena suerte (y constancia en perseguirla), y que nunca jamás se volverá a dar una demostración semejante de la utilidad de la prensa...
12 Diciembre 2005 | 08:47 AM