Me voy a referir con una vivencia personal al resbaladizo asunto de cómo tratamos en los medios de comunicación el fenómeno de la inmigración. Hace pocos días, el 18 de noviembre, el Ayuntamiento de Hospitalet de Llobregat (Barcelona) presentaba el último barómetro de opinión pública, un estudio que, a mi entender, presentaba dos datos esenciales: por un lado, que el 78,4% de los consultados se sentía satisfecho o muy satisfecho de vivir en Hospitalet y que la inmigración ocupaba el primer puesto en la lista de problemas, con un 28,5%. Llegada la hora de encabezar la crónica con un dato o con otro me decidí finalmente por el relativo al grado de satisfacción de los ciudadanos.

No niego -no soy tan ingenuo- que también pesó en mí el hecho de que trabajo en la emisora de radio del Ayuntamiento y que estructurar la crónica en el orden inverso quizá me habría causado algún quebradero de cabeza. Lo admito, llega un punto en que te mimetizas tanto con tu medio (especialmente si es un medio de carácter público, sujeto, por tanto, a mayor control político) o con lo que se supone que tendría que priorizar tu medio que te acercas peligrosamente a la autocensura.

No obstante, en el caso que relato también tuvieron mucha influencia conversaciones que he mantenido sobre este particular con una colega, bien es cierto que referidas, básicamente, a la crónica de sucesos. Más concretamente, referidas a si es conveniente o necesario especificar que los autores de un crimen o delito son de una etnia o procedencia determinada. Mi postura es que por sistema no debería ser así, pero sin obviar que hay determinados procedimientos delictivos que según los expertos tienen un marchamo muy particular y que eso no se debe obviar porque es ilustrativo y relevante. La postura de esta colega es que hay que plantearse si resaltando ese dato contribuyes a corregir o a acrecentar otro fenómeno también presente entre nosotros: la identificación que amplias capas de la sociedad hacen entre inmigración y delincuencia.

Tras la presentación de la encuesta llegó el momento de mojarse y, hecha la salvedad de ese freno que supone tomar conciencia del medio en el que trabajas, pensé que, además de resaltar lo más llamativo, como periodistas también debemos guiarnos por un principio de responsabilidad y de salvaguarda de determinados valores. No es que mis convecinos fueran a arrinconar sus prejuicios sobre la inmigración por aquella crónica mía, pero no es menos cierto que cada uno debería hacer lo que esté a su alcance para corregir conductas sociales poco edificantes. Y es en ese contexto en el que habría que situar la función social del periodista, que no es un mero tranmisor de información, sino un ciudadano que también debe calibrar y ponderar la información conforme a sus convicciones y criterios éticos o morales. Finalmente escribí que el 78,4% de los ciudadanos de Hospitalet se mostraba conforme con el nivel de vida y el estado de su ciudad y acto seguido que también se apreciaban problemas, el principal de los cuales era la inmigración.

Habrá quien diga que fue una maniobra escapista, una manera de escurrir el bulto, pero a mí me pareció lo más ecuánime en aquel momento. El meollo de la cuestión, creo, es que no se puede negar que también hay inmigrantes delincuentes pero que, al mismo tiempo, cabría preguntarse si en mayor o menor proporción, sin con mayor o menor violencia, que entre los denominados autóctonos. No he conseguido, después de unos cuantos años de periodismo activo, establecer un criterio que se pueda aplicar de forma automática o generalizada. Quizá sea mejor así, porque, en relación con este ámbito, la sociedad es mucho más susceptible ahora que hace unos años y es bueno que los periodistas nos vayamos haciendo eco de esos cambios.

Ahora bien, entre referirse con un término correcto a ciudadanos de una determinada etnia o nacionalidad u omitir ese dato si se considera relevante o ilustrativo creo que me inclino por mencionarlo. Claro que eso, y es lo terrible pero también lo interesante de la discusión, se dilucida caso por caso y en función de tu propia evolución personal y del estado de opinión que percibas en tu entorno. Y esto lo dice un charnego catalán.

Francisco Durán Velasco